De pronto hay días en los que me cuestiono
todo o nada puedo explicar. En las
mañanas, hay veces que tengo unas
inmensas ganas de quedarme en cama, acostada, que me aplasten las cobijas. Pero miro a mi mamá levantarse, con sus ojos
pequeños, con la sonrisa dormida, su caminar de mañana: Suave, despacito, con
cuidado. Procurando no caer. Un gesto de
desagrado mientras va al sanitario. Su
caminar es distinto al salir. Su sonrisa
dormida parece no despertar o convertirse
en cualquier cosa muy alejada a una sonrisa. Tiene su itinerario de
todas las mañanas: despertar y comenzar a
disparar todas las inconformidades que encuentra en la casa. Sencillo, contundente y persistente. Por otra parte, los melodiosos gritos de la
hermana mayor son los que se encargan de despertarme antes que mi alarma. Yo me pregunto qué la hace gritar todas las
mañanas. Pienso que quizá regalarle un
despertador la ayude a tener tiempo,
aunque quisiera decidir arrancarle las
cobijas de encima.
En casa, todo es muy común. Cuando llego por las noches, busco lo que
buenamente preparó mi madre para la comida.
Cada semana repite el menú, con alguna variante: arroz rojo, arroz
verde, arroz blanco. El rojo suele ser
mi preferido. Aunque cuando hace arroz
blanco con atún, es un motivo de ligera felicidad. Pero un caso sin duda especial, es la hermana
mayor. Pienso que es la persona más
persistente en la vida, pues siempre hace lo mismo. Cuando llega, se apodera del teléfono de la
casa, impidiendo prácticamente el uso para alguien más. Cuenta lo extraordinario de su día, más o menos
siempre de la misma manera: detesta su trabajo.
Ella quisiera ganar más, trabajar menos, quisiera que al fin la
ascendieran. Su coordinador parece ser
un idiota porque siempre le exige, porque es el jefe y le da órdenes a
ella. Odia tratar con la gente, odia que
sus compañeros no le hablen, pero los odia más cuando le dirigen la palabra. Debate
con su interlocutor la posibilidad de cambiarse al despacho de enfrente, de
mandar todo al reverendo carajo. Después
le expresa su desdicha en el amor.
Supongo que su interlocutor le dice algún tipo de consejo basado en su
experiencia personal, pues la hermana mayor comienza a reclamarle que él no
sabe nada, que su novia –la del interlocutor-
es una estúpida, que le está viendo la cara, y luego le reclama que
porqué sale con su novia y no con ella, que es su mejor amiga, que desde que él
tiene novia, ellos, los mejores amigos, ya no salen más al cine. Que se siente
desplazada, que él es un malagradecido y termina por colgarle, muy
molesta.
Es en ese pequeño momento de libertad en
el teléfono, cuando quisiera tomarlo y llamarle a Padre. Preguntarle cómo está y, para no darles más
detalles, tener esa plática mecánica de cualquier día. Una plática mecánica y muy cordial, sin
entrar en profundidades. Decirle lo
bello del día aunque hayan existido problemas. Y además de mecánica y cordial,
hacer muy exprés la plática, para dejarlo
descansar y dormir para el trabajo al día siguiente.
Pero eso no sucede. La plática cordial de hoy no se podrá tener
con el Padre, pues Hermana Mayor ha retomado el teléfono. Habla de nuevo con el interlocutor, discuten
sobre su amistad, ella llora, dice que ya no quiere hablarle jamás, que se
olvide de ella, y finalmente, cuelgan amistosamente, diciendo que ya es hora de
descansar, pues al día siguiente, tienen que levantarse temprano para trabajar.
El teléfono quedó libre. Siento deseos de querer hablar con
Padre. Escuchar su voz, para imaginar
cómo se encuentra: ¿sonará triste, enojado, cansado, contento? No lo sé y quisiera averiguarlo, pero pienso que quizá ya esté dormido y decido no
llamarlo. Me molesta decidir esto, pero de cualquier manera, creo
que fue buena decisión. Tengo un nudo en
la garganta que quisiera desahogar, pero no quiero que Padre lo sepa. Aunque no estemos juntos, tiene buen oído y
cuando estoy triste él puede escucharlo aunque yo no se lo diga. Aunque hoy tenga muchas ganas de contarle
porqué siento tristeza, prefiero no llamarle.
Sé que me dirá que No llore, pero últimamente detesto que me pidan no
llorar. Me pedirá que trate de
relajarme, que soy muy joven para estar triste, que tengo salud, belleza y
vida. Que tristeza es lo último que debería de sentir. Y yo detesto que me diga todo esto. Me pregunto si tiene algo de malo sentirse
mal. Qué hay de malo en querer
llorar. Qué hay de malo en sentirse
agotada, cansada todo el tiempo, sentirse sola cuando lo único que tengo es
juventud. Me molesto y no quiero
escuchar más a Padre pidiéndome que sonría. Pidiéndome que no llore. Que sea fuerte. Pero yo no sé cómo se siente
la fortaleza. Ahogo el pequeño nudo de
mi garganta y siempre le contesto que sí.
El me repite de nuevo “No puedes estallar, no puedes explotar, no puedes
caer”. A veces imagino que me quiere construir
como un gran soporte indestructible, para
que yo no me caiga cuando él ya no esté.
Pero lo que no sabe es que yo me he sostenido desde el día que se fue. Y no sé si eso es ser fuerte. Y en realidad, todo lo que él dice, es
verdad. Pienso todo esto, y de alguna manera me pongo más tranquila. Me confirmo que ya es muy noche para llamar y
sostengo mi rotundo “no, mejor mañana”, y decido subir a dormir.
Recostar mi cabeza en la almohada me da un
poco de tranquilidad. Y todo se relaja
cuando mi inconsciente se apodera de mí.
Esas horas imparables, por un momento se vuelven eternidad y en otro se
extinguen cuando el grito melodioso de las mañanas entra en mi oído,
obligándome a abrir los ojos. La alarma
aún no ha sonado, los gritos continúan, los pasos de mi madre continúan, toda la
casa continúa.
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