lunes, 2 de septiembre de 2013

Fracturada y Especial

Una tarde, como muchas otras fui a verle en su trabajo.
Es más fácil que yo vaya a buscarlo a que él vaya a casa.
Y sería doblemente difícil porque yo ya no vivía en ella.
Lo vi y fuimos a comer a la plaza saliendo del metro Cuauhtémoc.
Éramos él y yo… y su acompañante, su mujer. 
Entramos a uno de esos establecimientos de comida: pollo frito con la receta secreta.

 Éramos tres.  Era yo rodeada de dos personas: Él, la persona más cercana a mí. Y ella, su mujer, quien yo hubiera deseado que no estuviera.  Pero no hay de otra, para qué contradecir, para qué expresar que sólo quería platicar con él, que a mí qué chingados me interesaba que ella supiera mis cosas personales.  Qué le importan, por qué tendrían que importarle… Y sonreía.  Sólo yo sonreía porque no recordaba cuándo había sido la última vez que salía con mi padre.  Sonreía porque no lo quería estropear.

Y hablamos de mí y mi vida fuera de casa. La vida era más agradable porque me encontraba más cerca de la universidad viviendo en casa de mi abuelita.  La tranquilidad de un cuarto propio y lo extraño que se siente llegar a un lugar silencioso, sin discutir con nadie, sin platicar… ¿Así se siente la independencia, la privacidad, la soledad o cómo rayos se llama esto que siento?

Después él, hablándome de él como hombre.  No como padre.  Como hombre casi amigo.  Contándome de su vida familiar que tenía con la mujer que nos acompañaba, de los hijos que tuvo con ella, de sus mascotas, de lo genial que son sus hijos  y lo feliz que lo hace que su hijo, el que es casi de mi edad, el que como yo, escriba y que tenga registrada una de sus novelas en derechos de autor.

Pocas veces lo había visto sonreír así.  Lucía feliz con su vida.  Quizá por algún tipo de efecto de espejo, involuntario, yo también sonreía.  Sonreí y comí el pollo frito, que me supo a todo, menos a pollo.

Una comida de amigos, supongo.  Me había convertido en una persona de confianza, me imagino.  Una confianza que no había pedido, pero no sé por qué, ya la tenía.


Quizá pueda llamarme afortunada, una tarde cualquiera en un lugar común, junto con una desconocida y con el hombre de mi vida, yo sonreía de una manera especial.  Una sonrisa fracturada y especial.